¡De Letonia seguimos a Lituania! Con un alojamiento de lujo…
Con consejos de mi tío, me había preparado una bonita ruta por la costa de Riga hasta Klaipėda. También aquí había de nuevo campings públicos, o la posibilidad de montar la tienda en la playa. Bajo un cielo azul radiante rodé por estupendas y amplias carreteras de bosque. ¡De hecho volvía a parecerse un poco al norte de Finlandia! Pasé también por el Ventas Rumba, en Kuldīga. El Ventas Rumba está considerado la cascada más ancha de Europa. El agua no cae desde muy alto, pero, a cambio, ¡el río en ese punto era de verdad muy ancho!
Pasando junto a un manzano, donde cogí unas cuantas manzanas, caminé un poco por la pequeña ciudad y alrededor de la cascada. Por la tarde encontré entonces otro sitio estupendo junto al mar para pasar la noche. Allí el continente se iba desprendiendo poco a poco, así que mi tienda estaba sobre una pequeña meseta. Hacía algo de viento, ¡pero aun así muy bonito!
A la mañana siguiente hice, como de costumbre, las maletas, lo até todo bien y me comí mi pan con mantequilla de cacahuete, con vistas al mar. Me puse en camino hacia el país número siete de este viaje. Por desgracia, empezó a llover poco después de salir, así que crucé la frontera con sol líquido…

De los apartamentos hasta entonces solo había visto fotos, pero sabía que ¡allí me esperaba algo de verdad elegante! ¡Me hacía muchísima ilusión! Por la costa rodé hasta Šilutė. El pequeño pueblo de 15.000 habitantes tenía todo lo que se necesita. Entre unas cuantas casitas más antiguas, justo al lado de un colegio, estaba la casa recién renovada. ¡Solo por la capa de pintura fresca ya destacaba! ¡Para el check-in simplemente me habían dado un código para la puerta y otro para el casillero de las llaves! ¡Toda la casa había sido renovada y digitalizada! Al abrir la puerta del apartamento, ¡en el pasillo se encendía ya la luz automáticamente! ¡El apartamento estaba decorado con un estilo estupendo! Había un salón con sofá, mesa de comedor y televisión. Enfrente, una cocina con lavavajillas, microondas y hervidor, además de una gran selección de menaje de cocina y vajilla. Contiguo a ello, un gran dormitorio con una cama de matrimonio, armario y un escritorio. Justo al lado del pasillo estaba entonces también el gran baño con bañera. Además había un espejo iluminado superbrillante… donde también me di cuenta enseguida de que ahora tocaba primero una ducha…
Como ya he mencionado, todo estaba recién renovado y, por tanto, sin usar. ¿Conocéis esa sensación de cuando acabas de comprar algo nuevo y simplemente huele a ese bonito „olor a nuevo“? Así era por todas partes en el apartamento. Como si la invitación a una casa tan estupenda no hubiera sido ya suficiente, Adolfina —la madre de la amiga de mi madre— me había llenado además el frigorífico. La hospitalidad era abrumadora ¡y casi me daba apuro poder aceptar todo aquello! Para el final de la tarde, Adolfina quería pasarse con dos amigos. Con la comunicación ayudaba entonces siempre la amiga de mi madre, Jovita. Es que su madre, Adolfina, por desgracia no hablaba inglés ni alemán, y mi lituano, por desgracia, tampoco era precisamente sobresaliente. Antes de que Adolfina y sus dos amigos se pasaran, quería aún ordenar rápido mi equipaje y lavar una que otra cosa en el lavabo. Salí a por la última bolsa. Tontamente, había dejado también dentro el móvil, con el código de acceso de la primera puerta. La puerta se cerró y me quedé en camiseta delante de la casa. Una situación de lo más incómoda. En la planta baja había un pequeño salón de uñas que, por suerte, todavía estaba abierto. Solo que, mientras la señora atendía a una clienta, tuve que llamar a la ventana como un acosador… por suerte, entendió la situación enseguida y llamó a Dijana, la dueña de la casa. Más incómodo, imposible: no conocía a Dijana y, aun así, me había invitado a la casa. Y ahora encima estaba fuera y había olvidado el código de acceso de la puerta. Además, no cogió el teléfono directamente, estaba ocupada, pero devolvió la llamada al poco rato. Después de ordenar un poco mi equipaje, ¡ya se pasaron también Adolfina y sus dos amigos! ¡Se alegraron mucho de conocerme! Además, Adolfina daba por hecho que estaría bastante hambriento tras un viaje tan largo, así que trajo un menú enorme de un KFC lituano. Un gran cubo de alitas de pollo, dos raciones de patatas fritas con ketchup y mayonesa y una botella de cola. ¡Todo eso me lo tenía que comer yo solo! ¡Pero al final logré convencer a los tres de que eso yo solo no podía con ello! Así que comimos juntos. Con la traducción ayudaron los dos amigos. Fue práctico que fueran una pareja de profesores. ¡Me enteré de bastantes cosas sobre la casa y la reforma, y sobre la historia de la ciudad! Además, conté mi viaje hasta entonces, enseñé algunas fotos y ¡les hablé de las experiencias! Además, en el mapa señalé también brevemente a dónde iba yo a continuación. En realidad había planeado quedarme solo una noche, pero enseguida me invitaron a una segunda. Es que mañana quería ir a Nida, una pequeña isla al norte de Lituania. Para no tener estrés y poder verlo todo con calma, debía quedarme una noche más y salir recién el viernes. Además, Adolfina llamó sin más a su prima, que vive en Vilna, la capital de Lituania. Tras solo dos minutos de conversación, me apuntó el número de Almis, el marido de su prima. A este debía contactarle sin más cuando supiera cuándo iba a estar allí. ¡Fue, una vez más, abrumador! ¡A la mañana siguiente me puse en camino hacia Nida! Con un breve trayecto en ferry pasé a la isla. Allí quería ver sin falta las dunas móviles. Nida es en realidad una especie de balneario, o al menos lo parece. Todo está superlimpio, hay bonitos restaurantes y cafés justo al lado del mar y muchas opciones de alojamiento. Como Nida es en gran parte también un parque nacional, ya al poco rato tienes que pagar un peaje para siquiera poder seguir circulando por la isla. Pero las carreteras eran estupendas y pasaban por bonitos bosquecitos. Cerca de la duna móvil aparqué la moto y caminé el último tramo. De repente tuve la sensación de estar en el Sáhara Occidental. Justo un momento antes todo estaba cubierto de árboles y, de repente, solo arena.
La duna móvil, aquí en Nida, se impedía más o menos, mediante pequeñas vallas naturales de madera, que siguiera desplazándose. Así se podía caminar por las dunas hasta el mar. Di aún una gran vuelta por la isla y luego me puse en camino de vuelta a Šilutė. Como, por desgracia, la temporada ya había terminado hacía tiempo, en Nida no había mucho movimiento, o mejor dicho, no había nada abierto. De vuelta en el continente paré en un servicio Bosch. Tenía que volver a tensar la cadena. Últimamente parecía que se alargaba cada 100 km. Como el servicio Bosch era exclusivamente un taller de cambio de neumáticos, ¡la probabilidad de que me prestaran una llave dinamométrica era alta! Cuando llegué, me saludaron supersimpáticos y enseguida me puse a hablar con un piloto de BMW GS. Mientras empujábamos mi moto a la nave, ¡les conté breve y conciso dónde había estado ya este año! Mientras tanto se sumaron también todos los demás ¡y examinaron mi moto! Mientras yo aún contaba, ya me estaban aflojando la rueda trasera y atornillando hacia atrás el tensor de cadena. ¡De verdad tuve que frenar a los hombres, porque ese tipo de cosas prefiero hacerlas yo mismo! Solo se rieron y me pasaron las llaves. ¡A la vez, uno me sostenía además una linterna! Tras un rato y un clic a 110 newton metros, ¡la cadena volvía a tener una buena tensión! Charlamos un poco más y cada uno contó un poco dónde había estado ya en moto o a dónde quería viajar aún. ¡Gente supergenial y abierta! Superfeliz por el encuentro y, cómo no, por la cadena tensada, volví hacia el Apartamentai Muzika. Como tenía bastante hambre, primero tenía que acabar el resto de mi pasta y ¡me hice algo de pasta con salsa de tomate! ¡Moví todo con muchísimo cuidado y lo puse en la placa! Es que creo que fui el primero en usar las ollas, o mejor dicho, la placa. El frigorífico, por cierto, seguía lleno. ¡Había tantísimo para comer! Por la tarde vinieron entonces también Dijana, la dueña de la casa, y Adolfina. En el equipaje, una gran pizza familiar con distintos ingredientes y salsa extra. ¡Me alegré mucho de conocer a Dijana! Quien tiene tan buen gusto en la decoración de interiores solo puede ser guay, había pensado antes. Como apoyo con la traducción se sumó entonces también Jonny. Vivía a largo plazo en el apartamento de arriba del todo y en ese momento buscaba clientes. De profesión principal es cineasta y fotógrafo. ¡Así que teníamos unos cuantos temas de conversación! Pero primero comimos pizza juntos y Jonny traducía con ganas. Además, Dijana llamó entonces también a Jovita, para que nos viera a todos. ¡Fue un grupo divertidísimo y, una vez más, un ejemplo de que no siempre hace falta hablar el mismo idioma para entenderse! Después de que Dijana entendiera que yo, en resumen, hacía lo mismo que Jonny, propuso que los dos hiciéramos juntos un vídeo corto sobre la casa. Eso podría colocarlo bien para la publicidad de la próxima temporada. En el mismo aliento me pasó un gran manojo de llaves con todas las llaves de los apartamentos. Además, propuso que me quedara una noche más para que pudiéramos grabar con calma. Me alegró mucho poder producir un vídeo para ella, para poder devolver al menos algo por la hospitalidad. Cuando ya solo quedaban unos trozos de pizza, Dijana y Adolfina se pusieron en camino a casa. A Adolfina y a Jonny, eso sí, los había invitado a desayunar al día siguiente. Jonny me enseñó aún su apartamento y me contó qué hacía exactamente ahora para vivir. Se crió en Tenerife, donde ya de joven acompañaba en barco a turistas que querían ver delfines. En algún momento empezó a hacer vídeos cortos de las excursiones y a vendérselos a los turistas. Se hizo cineasta y, además de los vídeos para turistas, hacía también vídeos para grandes eventos y artistas en Tenerife. Pero por amor vino luego a Lituania e intentó afianzarse aquí. Actualmente hace para sus clientes sobre todo vídeos de inmuebles. O sea, una buena base para el siguiente día de rodaje. A la mañana siguiente vino Adolfina a desayunar, como habíamos quedado. Le había dicho incluso otra vez a propósito que no tenía que traer nada. Sin embargo, llevaba en la mano una gran tarta casera de ruibarbo. Junto con Jonny desayunamos largo y tendido. Después, Jonny y yo empezamos a hacer tomas de los distintos apartamentos. Hacia el mediodía llamaron a la puerta y se pasaron Adolfina y su pareja. Después de que por la mañana yo comentara que no conocía el plato típico del país, el Cepelinai (lituano para „zepelines“), Adolfina nos lo había hecho rápido para comer, según la receta tradicional. Solo para entender el trabajo, aquí va la receta: los Cepelinai se preparan con patatas crudas y cocidas. Las patatas crudas se pelan, se rallan finas y se escurren bien con un paño de lino. El líquido de la patata se guarda y, en cuanto el almidón se deposita del todo, se añade a la masa de patata. Las patatas cocidas se aplastan y se trabajan con el resto de la masa hasta formar una masa. En paralelo se sofríe cebolla y se mezcla con la carne picada; se puede sazonar al gusto con sal, pimienta y mejorana. Ahora puede empezar la preparación propiamente dicha: para ello se toma en la mano aproximadamente media taza de masa de patata y se aplana. A continuación, la superficie se rellena con una cucharadita de carne picada y se le da forma de albóndigas alargadas, „con forma de zepelín“. Ahora se pueden echar las albóndigas al agua hirviendo y deben cocer a fuego lento unos 30 minutos. Tradicionalmente, este plato se sirve con una salsa de beicon frito, cebolla y nata. ¡Estaba súper, súper rico! Además, volví a quedar abrumado por la alegría y la hospitalidad. Me despedí y, de recuerdo, hicimos unas cuantas fotos juntos.
